Es martes.
Es verano y llueve.
Estoy en uno de mis lugares preferidos del mundo entero, uno que siempre extraño cuando estoy lejos. Nunca se me dieron bien las descripciones, soy idealista y se nota. Pero hoy quiero compartir lo que veo. IMAGINA UN BOSQUE.
Encuentras un camino entre arbustos, altísimos. Entras.
Al final, un claro. Los sonidos que te envolvían sin que te dieras cuenta (los coches, los perros, los niños jugando) han desaparecido y tú lo notas de repente. Sólo queda uno, obsesivo e insistente. El agua contra las rocas.
Choca una vez, y otra.
Otra.
Esquivas los últimos arbustos y de pronto, lo ves.
Estás al borde de un acantilado. Quizá no lo hayas visto antes, pero estás en casa.
Tú, el cielo y el mar.
La gente vuelve a casa cuando se siente sola. Yo,
yo vengo aquí.


